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jueves, 7 de febrero de 2013

HAROLDO CONTI



“Como si cantaras en medio de un camino”



Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras.

Haroldo Conti



 Las historias que Haroldo Conti nos narra son botecitos que navegan en aguas sigilosas, van tomando el rumbo que les indica el suave trazo de la pluma. Se hace camino al andar. Esto no significa que el autor haya improvisado sus textos; es necesario trabajar mucho para alcanzar la sencillez; mejor dicho, la aparente sencillez de una prosa que suena como una respiración del alma.

Ninguna ficción es rigurosamente autobiográfica. Sin embargo, uno tiene la certeza de que Conti se muestra en su obra muy transparente, de que es auténtico a la hora de contar. Y aunque el lector conozca poco o nada de su historia, le cree, se entrega como si le estuvieran revelando pedacitos de una vida.

GARDEL, el ídolo al alcance de la mano





Multiplicó su arte a través de la radio, el cine y las numerosas canciones que grabó. Fue un adelantado que supo aprovechar la evolución de la tecnología de la época. La pinta, la sonrisa inmarcesible, el timbre de su voz y su carisma, todos esos ingredientes forman una combinación irrepetible y, si no milagrosa, mágica o casi mágica.
Los tangos grabados en Nueva York, con arreglos de Terig Tucci, le abrieron las puertas del éxito. Gardel había decidido, a regañadientes, despojar sus canciones de términos lunfardos y del acompañamiento de guitarras con el fin de extender su fama internacional. No le fue fácil acostumbrarse a la orquesta.
—Más que arreglos son desarreglos —decía—. El oboe y la flauta me confunden. Sacalos, que me están haciendo un lío.
Encima, querían hacerlo cantar en inglés. De hecho, llegó a grabar en ese idioma, aunque él se resistía.
—Mi idioma, señores —explicaba—, es el español. O mejor aún, el porteño.
El veinticuatro de junio de 1935, moría en un accidente cuyas causas, aún hoy, a más de siete décadas de aquella tarde trágica en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, no han sido aclaradas del todo. El trimotor en el que viajaba con sus acompañantes, un F-31 conocido como “El ganso de hojalata”, debía viajar a Cali. El Zorzal realizaría allí una de sus últimas presentaciones en suelo colombiano. La boletería estaba agotada desde el día anterior.
De origen humilde, Gardel logró dejar una huella. Representa al hombre que ha triunfado en el mundo. Con suerte, pero también con talento y esfuerzo. Su voz despierta emociones, provoca admiración, tiene un algo, entre mágico y divino, que otros cantores no logran transmitir. No tuvo ataduras sentimentales ni descendientes y se vio sorprendido por una muerte feroz.
A un costado de la pista, el trimotor Manizales espera su turno para el despegue rumbo a Bogotá. Permanece con los motores encendidos, los tanques llenos de combustible, los pasajeros a bordo.
En el F-31 van trece ocupantes. Lleva además instrumentos musicales, maletas y 450 galones de combustible en los tanques de las alas. El avión comienza a carretear por la pista.
—Che, piloto —bromea Gardel desde su asiento—, este aeroplano parece un tranvía Lacroze.
Recorren doscientos metros, el F-31 sufre una desviación y se estrella contra el Manizales.
Las dudas sobre su sexualidad, sobre su lugar de nacimiento y las versiones sobre el accidente no hacen más que alimentar el mito. El chamuscado pasaporte indicaba que era de nacionalidad uruguaya. Se sabe que el Morocho nació en Francia pero tenía el corazón puesto en Buenos Aires.
Boca abajo, pisado por las válvulas de uno de los motores, su cuerpo es alimento para el fuego. Tiene una cadena de oro como especie de pulsera en una muñeca. De su ropa cuelga otra cadena con una medalla en la que puede leerse: Carlos Gardel, Jean Jaures 735 Buenos Aires.
Las partituras originales de Cuesta abajo flamean en la pista, casi intactas, como si quisieran remontar vuelo.
Cada veinticuatro de junio, una multitud se congrega frente a su tumba para rendirle homenaje. Gardel está presente allí donde su cuerpo descansa, pero también en la estatua emplazada al lado de la bóveda. El bronce que sonríe.
Alguien, un tipo con sombrero, encastra entre los dedos de la estatua un cigarrillo encendido; otro le coloca flores. La estatua, como a punto de cantar, con el humo azul que se eleva perezoso y un clavel en la solapa izquierda, se humaniza. El ídolo al alcance de la mano.
En algún lugar, en este instante, los parlantes de un viejo tocadiscos escupen la mugre acumulada en los surcos del tango Mi noche triste. Un hombre escucha, sentado, bien atento, balanceándose con las manos sobre las rodillas. Su nombre no importa. El hombre piensa lo mismo que otros han pensado: Mientras exista un disco de Gardel sobre la tierra, todos los cantores van muertos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Acerca de Jorge Consiglio


Deletreando su gramática

por Daniel

Los que integramos la revista Axolotl habíamos invitado a Gabriel Bellomo a una mesa de lecturas. “Picadas literarias”. El lugar: Casa Jaché, un bar de la calle Aranguren, en Buenos Aires. Nuestro invitado iría acompañado por otro autor, Jorge Consiglio, de quien yo no había leído un solo texto.
Esa noche, Consiglio leyó dos cuentos breves (Algo pendiente; Mi amigo el árabe). Cuentos de final violento. Leyó con una entonación sugerente y la confianza que anhelan muchos escritores a la hora de presentarse en público. Por esa fecha me habían publicado mi primer (y único) libro de cuentos. Le entregué uno a Consiglio. No recuerdo haber intercambiado con él más de dos palabras. Para no quedarse atrás, él me regaló un ejemplar de El otro lado. El libro está dividido en dos partes. La primera contiene cuentos breves. La segunda, cuentos de largo aliento, más próximos a la novela. Es aquí, en la segunda parte, donde puede apreciarse la pluma del autor con todos sus matices. 
Pasaron algunos meses. Una tarde, en una librería que está frente a la estación de Morón, donde envuelven los libros nuevos con celofán transparente para que no los empañe el polvo de la calle, vi una colección de volúmenes publicados por Edhasa. Separé Luna caliente, de Mempo Giardinelli, porque me la habían recomendado, y me topé con Pequeñas intenciones, de Jorge Consiglio. El libro de cuentos me había dejado un buen sabor, pero no más. Por eso dudé. Al final, compré las dos novelas que había separado. A partir de Pequeñas intenciones confirmé las “afinidades” entre el autor y este humilde lector que también escribe, las cuales ya me habían resultado llamativas después de leer El otro lado. Me refiero a temas que me interesan, o se me imponen, y que son frecuentes en la narrativa de Consiglio. Y también a ciertos atributos de los personajes: seres con algún tipo de descalabro físico; desamparados; personajes que se preguntan qué hacen los otros en la intimidad, cuando nadie los ve. Además, están las atmósferas de hospital. (Mi madre, que trabajó de enfermera durante treinta y pico de años, me contaba a la hora de la cena algunos casos que me resultaban, entonces, insoportables. Hoy en día, algunos de esos dramas contaminan mi escritura). Claro que no todo en Consiglio se reduce a estas particularidades.
Pequeñas intenciones no es una gran historia, pero logró atraparme. Me sedujo el manejo del lenguaje, es decir la forma, no tanto el argumento. La ironía, la burla, el desdén. Y los diálogos, que a veces tratan sobre el dolor o la soledad, no están exentos de humor.
Muchas veces surgen momentos de tensión en la obra de Consiglio, situaciones de violencia que tienen su lado grotesco, manotazos entre personajes, puteadas oportunas, y si bien estas escenas podrían remitirnos, por ejemplo, a Roberto Arlt, su prosa no adolece de énfasis.
El tipo viene de la poesía, y se nota. Se nota en el buen sentido. No es ampuloso. Es dueño de una escritura precisa, un tanto morosa, sin suciedad. En todo  caso, si existe suciedad, no la encontraremos en el texto, sino en los personajes, ya sea en las ropas, el alma, la manera de comportarse. Hay un contraste entre la aparente mansedumbre de estos seres del desamparo, y cierto brote escandaloso, cierta reacción que se da en ellos cuando se ven provocados o bajo amenaza. Son humanos.
La novela Gramática de la sombra es, a mi entender, su obra más importante. Lezcano, el protagonista, es un médico cirujano que ha perdido a su mujer. Al reincorporarse al trabajo, comete algunas torpezas. Lo obligan a tomarse una licencia. Tiene un terrario en su departamento, lleno de hormigas a las cuales observa de tanto en tanto. También observa, a través de una ventana de la cocina, a su vecina del tercero C. Un día, advierte que la vecina se olvidó las llaves en la cerradura, del lado de afuera. (Una situación insólita pero convincente). Esto le permite a Lezcano entrar en el departamento de Julia cuando ella no está. Su amigo Abadi le propone hacer un viaje. Lezcano no se decide, hasta que resuelve huir con un dinero que no le pertenece, dejando atrás un crimen en el que no tuvo participación pero en el que se ve involucrado de alguna manera.
Las frases tienen frescura y algún rastro de poesía, sin perder lo coloquial, sin perder el barro que los personajes llevan pegado a la suela de los zapatos. Hay imágenes que para un lector que no escribe, y que por ende no espía ni desmenuza el lenguaje de sus colegas, quizás pasen desapercibidas. (“Sentado a la orilla de semejante noche, trató de inventarse la paciencia”; “Un aroma a tierra lo invita a paladear el aire”; “Entró en el sueño como si se tratara de agua tibia: se hundió sin resistencia”; “Entre las habilidades de Julia, en ese instante, estaba la de predecir, la de dar nombre a todo aquello que sucedería después. Sin embargo, prefirió ser insensible al porvenir, no deletrear su gramática”).
Si no fuese por estos matices, por estas sutilezas que acabo de referir, su lenguaje, intuyo, sería más bien seco, lo que no es censurable, desde luego. (También me atrae la prosa seca a la manera de Coetzee, o de Gabriel Bellomo, por nombrar a un argentino). Lo que quiero decir es que hay una música en sus palabras, una cadencia muy evidente que invita a la relectura. No se da siempre, no se da en todos los autores que admiramos. Jorge Consiglio escribe como a mí me gustaría escribir.