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martes, 10 de septiembre de 2013

UN TIEMPO DULCE



Comento UN TIEMPO DULCE
De Carlos Olmo Gasco

por Norberto

Un tiempo dulceMe demoré en comenzar a leerla, porque al recibirla y recorrer las primeras páginas, descubrí enseguida un estilo ágil, que se deja seguir muy rápidamente y que me atrapó desde el inicio. En esos momentos no contaba con tiempo para dedicarle, así que esperé un poco y luego la leí de corrido en tres días. Fue un acierto, porque siento que pude disfrutarla más intensamente. En realidad, a mí me gusta leer así, no demorar demasiado con cada libro para no distraerme en las esperas entre lecturas.
Primera apreciación: impactante.

Creo que en alguna oportunidad ya te había contado que me gusta mucho la montaña, no solamente la fotografía del paisaje, sino vivir la montaña, respirarla, recorrerla, caminarla, sufrirla, gozarla. Y me sigo debiendo, entre otros tantos paisajes, visitar Perú.

También traigo a colación —esta manía de viejo de necesitar a veces justificar sentimientos— que mi vida se marcó muy fuerte con el nacimiento y crecimiento de mis dos hijos. Cada uno una historia diferente, pero con grandes coincidencias, sobre todo al transcurrir sus períodos adolescentes. Uno nunca termina de aprender a ser padre, siempre se está un paso atrás, y generalmente solo, aprendiendo de los errores. Nuestros hijos nos comprenderán cuando sus ciclos se completen y alcancen nuestro tiempo. Y para uno ya será tarde, demasiado tarde. Pero es así.

Bueno, ya te enumeré las excusas sentimentaloides que me llevaron a engancharme tanto pero tanto con tu historia, que repite con fría precisión similares pasajes de la mía, al menos en el plano de las emociones, de no haber podido alguna vez dar una respuesta, otras veces ni siquiera haber comprendido que existía una pregunta, una demanda.
Por eso esta pausa, este respiro necesario antes del comentario.

Como todo lo que conozco de tus textos, también este se encuentra muy bien escrito. Un lenguaje claro, quirúrgico, preciso. Casi te diría que esta vez me suena bastante más concreto que en otros textos tuyos, como muy económico, muy justo. Pero esta característica, algo distinta a las de tus relatos, esta parquedad dicho en buen tono, le otorga mayor dramatismo a esta historia. Pesan y se sienten esos espacios en blanco, esas particularidades que no se narran y que uno presiente, esos huecos en el discurso de Alfredo, los silencios de Laura Quispe, la intensa presencia del hijo a través de su ausencia, las inevitables remisiones a la otra ausencia de la madre Alicia, el choque entre dos generaciones, las nuevas costumbres.
Todos estos elementos en equilibrio, interactuando, aportando en mínimas dosis para la desazón del personaje que va creciendo a un ritmo lento, pero dolorosamente perceptible.

Retomo un concepto que mencioné unas pocas líneas atrás. La parquedad narrativa. La siento en las descripciones de los personajes, no muy detallista, más bien se trata de esbozos tan precisos que no dejan dudas sobre qué se nos quiere transmitir. Y esto va hasta para los personajes secundarios, definidos apenas en un par de líneas que no por ello pierden intensidad, mucho menos protagonismo. Caso Marta y su presunto primo, o de Patty la prostituta del bar, Julia la mucama en el hotel, Chabuca, Matías y Nacho, los amigos de su hijo Javier, y hasta el mismo y odioso Salaverry, marido de Laura, y el típico machista centroamericano y policía Luquin.
Y la historia reciente de Perú, también apenas esbozada, pero latente en todo momento, flotando como entre las sombras.
Un acierto, porque con pocas palabras, con imágenes muy logradas nos ubica en un ambiente desconocido y lejano.

Acertada también la inclusión del texto sobre el espacio curvo. Ese mismo espacio que ahora transita Alfredo durante la búsqueda de su hijo, la búsqueda y explicación de su propia historia.

Me duele el final, pero siento que resulta inevitable, como si todo lo anterior no hiciera más que justificar la decisión del personaje. Por momentos se me asomaba como previsible, pero en ningún momento cesó la intensidad narrativa de este oscuro recorrido. Una perfecta historia de pérdidas, de búsquedas y desencuentros. Una muy lograda muestra de cierta relación padre hijo ex mujer, descubierta desde la óptica del personaje, que hasta que se le plantea esta situación límite, no ha podido comprender la magnitud de los episodios de su vida.

Seguramente me queda mucho más por decirte. Un gusto leerte, Carlos, espero la próxima.



miércoles, 25 de mayo de 2011

Juegos de niños, de Carmen Posadas


Siempre resulta una alegría descubrir un autor nuevo que nos haya gustado. Acabo de leer Juegos de niños, de Carmen Posadas, uruguayoespañola.
Es la historia de una novelista que acaba de comenzar una novela, simultáneamente se acaba de mudar a España, al mismo sitio donde pasó su infancia, y se da cuenta de que el argumento de su novela tiene que ver con situaciones que había vivido de muy joven con determinados amigos, uno de los cuales murió en un accidente, y ahora pareciera estar repitiéndose la historia con su hija a quien, casualmente, la lleva a continuar sus estudios al mismo colegio al que ella había asistido. Es interesantísimo el planteo, las disquisiciones de la autora, la verborragia impresionante que despliega y te deja sin aliento. La confusión entre la ficción y la realidad. La vuelta de tuerca en su guiño a Cortázar, específicamente al cuento Continuidad de los parques, que a su vez le da nombre a ese capítulo. Y, sobre todo, las permanentes alusiones al papel del escritor, al proceso creativo, las diferentes técnicas, las maneras de buscar su forma de incentivarse, distintos recursos para proseguir la historia, disquisiciones éticas sobre si es o no válido copiar la realidad textualmente y al final nada más cambiar los nombres de los personajes, los distintos planos narrativos de la escritora, de sus narradores, de sus personajes. Toda la narración que permanentemente se está abriendo a distintas alternativas, distintas realidades, que obliga al lector a un grado de atención total, de lo contrario resulta imposible de seguir la trama. La casualidad de la repetición de nombres en los personajes, Antonio como niño muerto en aquel accidente, Antonio como el padre desconocido de la hija de la novelista, y otra vez Antonio como el hijo del amante actual de la novelista. Además, la hija de la autora en la novela se llama igual que la hija de la escritora. Y un final que, textualmente cierto, es de película, no se puede contar.
Confieso que terminé de leer la novela hoy por la mañana, que no pasó tiempo suficiente para que decante y se de un tiempo para otra apreciación a más distancia, más neutral. Caminé las cuadras clásicas de Corrientes en busca de otro libro de ella. Siempre me sucede lo mismo, encontré apenas uno, ni la conocen en muchas librerias.
Al menos, Juegos de niños me parece muy recomendable.

sábado, 27 de febrero de 2010

Ambigüedades, de Elliot Perlman

Norberto Zuretti

Autor australiano, nunca había oído hablar de él. Elegí el libro, primero por el nombre, después por las situaciones que sugería la contratapa, también por el peso de las setecientas páginas que me prometían al menos una semana de grata lectura, si me enganchaba, claro- y por el precio, estaba en una de esas mesas de los libros baratos.

El ambiente, Australia, ahora.

La historia. Se me hace muy difícil contar la historia. Las historias, en realidad. Y no hay historias sin sus personajes. Aquí son varios. La novela se divide en siete partes. Cada parte está narrada por un personaje diferente, que cuentan situaciones o episodios sucedidos en un cierto período de tiempo. Los personajes se van cruzando a través de sus mismos relatos. La historia, si es que acaso hay una sola historia, la debe armar únicamente el lector, uniendo, empalmando, reconsiderando. Actuando dentro de una propuesta, excelentemente planteada

Un psiquiatra atiende a un paciente que hace muchos años se separó de una novia a la que no puede olvidar. La amante de este paciente es prostituta y tiene por cliente habitual al actual marido de la ex de su amante. Casi de Almodóvar.

De pronto, el paciente secuestra al hijo de su ex, no sabe bien por qué, supone que a raíz de ello su ex lo va a recibir, pese a que nunca volvió a buscarla desde la separación, a pesar de espiarla siempre. Su amante lo denuncia. Lo llevan detenido, y comienza el juicio.

Esta es la historia que van narrando los distintos personajes.

Y el autor nos trae una sorpresa con el inesperado séptimo narrador, quien no aparece en los hechos narrados hasta ahí y sin embargo uno lo acepta enseguida por…, pero no lo voy a contar. Un cierre perfecto a todo lo anterior.

Una gratificación esta lectura. La considero una de las mejores novelas que he leído. Una verdadera aventura seguirla y recorrerla. Al empezar la tercera parte, tuve que regresar al principio e ir armando un organigrama que me permitiera orientarme en un enjambre de nombres y relaciones sin perderme cosas que, aunque no resultaran muy relevantes, entenderlas a través de lo ya leído se vuelve reconfortante.

Millenium, de Stieg Larsson

Norberto Zuretti

Este sueco ya es muy reconocido. Creo que en ficción nada más escribió estas tres novela, más de dos mil páginas. ¿Envidiable, no? Murió antes de que se publique el primer libro. Que resultó el libro más leído en ese tan poco tiempo en Suecia.

El ambiente, Suecia, actual.

El argumento, la historia se va narrando por planos diferentes.

En uno, está el periodista de una revista llamada Millenium, que acaba de perder un juicio por difamación, que le gana un poderoso empresario. Su editorial peligra. Un millonario le ofrece un contrato, para que durante un año investigue un episodio siniestro que ocurriera treinta años atrás en el seno de su familia.

Por el otro, hay una joven de unos veinticinco años, que se encuentra bajo tutela jurídica debido a su mal comportamiento social. El abogado que ejerce su tutoría abusa de ella. Primero parece una mina de muy pocas luces o débil mental, pero se va transformando. Probablemente ella me resulte el personaje más logrado, a pesar del abuso de ciertas referencias.

Y claro, es previsible, las historias se cruzan, se ensamblan, se abren y se expanden.

Todo esto se percibe antes de finalizar el primer volumen, Los hombres que no amaban a las mujeres.

Vuelve a abrirse todavía más en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Estas aperturas no son forzadas, se aceptan dentro de la lógica que plantea la novela. Son totalmente creíbles.

En general, tengo que aclarar que –al menos en el sentido de si me agrega algo- no me gustan.

Pecan de los mismos recursos que los thriller fílmicos o literarios de los yanquis. El respeto a ciertas reglas que garanticen alguna atracción. Por el ritmo, por el armado.

A pesar de todo, no puedo negar que es eficaz en lo que se propone, atrapar al lector.

Una vez comencé a leer, no podía dejarla. Siento que te envuelve un ritmo atrapante, que sugiere y que luego el mismo desarrollo confirma o rechaza, y al saltar de un plano narrativo a otro siguen apareciendo datos que van conformando la historia.

Acabo de ver la película que se filmó sobre el primer libro. No me gustó para nada, no se comprende la historia tal como la muestran, como si hubieran tomado en consideración nada más unas trescientas páginas de la novela, y despreciado las otras cuatrocientas.

El lago, de Paula Kauffman.

Norberto Zuretti
El lago, de Paula Kauffman.



Paula es argentina, y esta novela ganó recientemente un primer premio de esos importantes de alguna editorial nacional, creo que Planeta.

El ambiente, los Parques Nacionales del sur argentino.

El argumento, el padre de la relatora participó –hace ya más de treinta años- de una expedición en busca de un monstruo que aparecía por uno de esos lagos. Ella accede a los viejos archivos y a la documentación científica que aseguraba que podía resultar cierto. Aún persisten en el imaginario popular esas evidencias, que se originaron centenares de años atrás en la comunidad mapuche.

La narradora se encuentra viviendo en la casa de su padre, con personajes de la época del padre. Va reconstruyendo, a través de la vida del padre, su propia historia, mientras vive sucesos que la remiten a esos tiempos. En el medio, constantes remisiones a hechos siniestros de la dictadura

El monstruo que buscan no aparece nunca, apenas signos que se interpretan como sus rastros. Su presencia es permanente. Y además afloran otro tipo de monstruos más propios de cada personaje.

Me pareció muy acertado el punto de vista de la narración, la forma de transmitir las sensaciones y los distintos estados de ánimo. La presencia de lo siniestro. El ritmo, preciso, que conduce todo el relato La feliz decisión de no calificar, nada más mostrar los hechos y lo que esos hechos van generando en los individuos.

Muy bien escrita.

domingo, 5 de octubre de 2008

El cadáver imposible, de José Pablo Feinman

Por Norberto Zuretti

Hace un rato me recosté a dormir una siesta. Dormí unos minutos, estaba pensando en algo que había escrito Carlos en un mail al taller. Decía algo así como claro, si yo soy Pepe, y enseguida algo relativo al hecho de describir –durante el proceso de escritura- el traslado de los personajes de una escena a otra.
Cuando volví a la página, el mensaje tal no estaba.
(Seguramente que si yo tuviera un analista, me haría registrarlo como alguna de las razones que me llevan a escribir lo que escribo)
Igual no importa.
O fue otra vez mi dedo caprichoso y distraído que pulsó teclas equivocadas borrándolo, y entonces lo habré soñado.
O tal vez soñé que había leído tal cosa.
Pero quedó la asociación, otra de las mías.
Que me remitía a José Pablo Feinman.
En los últimos meses leí tres de sus novelas, Ni el tiro del final, El ejército de cenizas, gracias a Tere y a Dani, y El cadáver imposible, que descubrí por ahí.
La asociación me trajo a esta última.
A una serie de escenas de esta novela en las que el autor interactúa con su narrador, y se refiere desde las distintas posibilidades que puede seguir la historia, hasta las distintas formas de narrarlas, en un cuestionamiento continuo del proceso narrativo.
Se trata de una búsqueda de una forma expresiva distinta, crítica.
Y una búsqueda permanente de la complicidad del lector, que si continúa la lectura se convierte en cómplice, y así lo da a entender.
Toda esta novela se puede leer como un Manual práctico para cualquier escritor.
Viene muy bien como lectura de taller, para luego comentarla, sobre todo porque se refiere justamente al proceso de escritura, los planteos del escritor frente a su obra, las relaciones con sus personajes, con su lector ideal, consigo mismo frente a lo que cuenta.
Se trata de una ficción dentro de otra. De un libro que lleva el nombre de El cadaver imposible, y consta de un único capítulo que se llama Carta al Editor. Dentro, por supuesto, está la nombrada carta. Esa es la novela.
Un párrafo del comienzo, en el que ya el narrador establece el planteo, los códigos de la relación que, a continuación, mantendrá con el Editor, léase lector.
No soy el protagonista de esta historia, pero soy su más privilegiado testigo. Y, en cuanto tal, seré su narrador. El narrador de esta historia, nada menos. Se preguntará usted, entonces, ¿qué historia es ésta? Se lo diré: es la historia de una seducción. Escribo para mentirle, para deslumbrarlo, para seducirlo. He aquí mi programa literario: quiero estar en su prestigiosa antología y no ahorraré una sola gota de sangre para lograrlo. Comienzo, por consiguiente, el vertiginoso relato de los crímenes que cautivarán su conciencia.
Ella se llamará Ana. Un nombre, lo sé, breve. Pero necesariamente breve, señor Editor.
A partir de estos párrafos, ya tenemos el tono, ya decidimos si seguimos o lo dejamos, si puede o no interesarnos.
A mí me enganchó, teniendo en cuenta que no se trata de algo repetitivo, recursivo del autor. Lo sentí como un relato con mucho aire, con descansos, como si la ironía recurrente diera respiro a tanta crueldad.
Podría decirse que la narración avanza por dos planos, o más, pero fundamentalmente dos, el de la historia de Ana, y el de las disquisiciones del narrador.
Me parece excelentemente trabajado el plano narrativo correspondiente a Ana:
Un policía se acerca a la pequeña Ana. Señalando la casa en llamas, le pregunta:
-¿Vivías allí?
Nuestra pequeña asiente con un movimiento leve de su cabecita. Y dice:
-Sí, señor.
Pero se complementa con el del discurso del redactor de la carta, el narrador, y están tan encadenados el uno con el otro, que no tendrían valor en forma independiente.
Y bien, ahora sí: nuestra pequeña gran escena inicial desquiciadora ha concluido.
¿Qué tenemos hasta aquí? ¿Qué le he ofrecido, señor Editor? No poco, creo.
El narrador hasta se toma la licencia para provocarnos, descaradamente, apenas encubierto en la credibilidad que le otorguemos a sus fantasías. Y se atreve a más, porque sabe que nos tiene ahí, detrás suyo.
Repasemos: el despertar de una niña en mitad de la noche, un acto sexual violento, salvaje, dos crímenes a cuchillo, un pavoroso incendio, el perfume (atroz) de dos cuerpos carbonizados y las lágrimas (lentas) de una niña temblorosa, desamparada para el resto de sus días.
Pude, lo sé, haberle ofrecido más. Y pondré sólo un ejemplo para que perciba usted las infinitas posibilidades del arte de narrar.
A mí, estas disquisiciones me parecen asombrosas, sumamente simpáticas, divertidas, tal vez porque las vivo tal cual y se me repiten cada vez que estoy escribiendo algo, e infinidad de veces me deliro en medio de estos argumentos dialécticos que se convierten en verdaderos encierros.
Y Feinman utiliza estos planteos, evidentemente muy comunes entre los que escribimos, y los vuelca en su historia, se despoja él de sus fantasmas, y lo logra, nos los traspasa.
Lo digo en la medida de lo que me llega su ficción, y lo que él, a través de su remitente/narrador, va comentando sobre su propio proceso creativo. Sin límites. Hasta puede pensar por qué otros derroteros podría haber llevado sus personajes.
Pude, y he aquí el ejemplo, haberle narrado cómo una de las vigas en llamas se desprendía del techo y caía, ¿estrepitosamente?, sobre una pierna de la pequeña Ana. ¿Qué hubiera logrado con esto? Caramba, ¿no lo ve usted? Hubiera logrado una pequeña Ana coja. Coja para siempre. ¿La imagina o no? La gran escena inicial desquiciadora no sólo habría dejado entonces una marca psíquica en nuestra pequeña, sino también una marca física.
¿Qué opina?
¿Lo hago o no?
¿Tenemos o no tenemos una pequeña Ana coja?
Supongamos que archivo la idea, que me la reservo, que haré uso de ella sólo si el relato se debilita…
Y por supuesto, tiene la licencia hasta de adelantarnos que tal detalle podrá tener relevancia en un futuro de la historia. Nos avisa que registra el dato, para usarlo si le resulta necesario. No deja de mezclar los planos narrativos, como si fuera uno solo.
Este próximo párrafo contiene probablemente la razón de mi asociación inicial, con aquellas palabras de Carlos o Pepe, de un mail o de un sueño, sobre el traslado de personajes en las narraciones. Es un recurso que reitera un par de veces con otros argumentos.
Este narrador aprovecha hasta sus elucubraciones más internas para avanzar con la historia. Se lo permite el encuadre de la novela, la carta dirigida al Editor.
Esta historia no es posible sin estas intromisiones.
Dije que penetrábamos aquí en una zona brumosa de la narración. En efecto, el tiempo debe transcurrir. Necesitamos un pasaje de tiempo. Ana, pues, deberá ser derivada de un Reformatorio a otro. Entre tanto, crece.
Pero no es necesario que la veamos crecer, ya que tal como en las películas (soy muy afecto al cine, ¿lo es usted?) pondremos aquí un cartelito. El cartelito dirá:
CINCO AÑOS MÁS TARDE
Reencontramos a la pequeña Ana en la pequeña ciudad de Coronel Andrade. (Observe la simetría: una pequeña ciudad para la pequeña Ana.) La ciudad fue fundada en 1829 por un coronel que perseguía a través del desierto a un enemigo inexistente…
Más licencias para este autor, quien las aprovecha todas. Este Coronel Andrade, no sé si fue un personaje real de nuestra historia patria, pero no importa demasiado, resulta que sí es un personaje de otra novela de Feinman, El ejército de las cenizas, que tanto le gustara a Dani.
Y de este personaje tomaron el nombre para la ciudad en la que ahora, ahora es el tiempo de esta otra novela, la que estamos leyendo, en la que vive Ana.
El Hotel –se refiere al Reformatorio- tiene sótanos, cocinas, hornos, pasillos laberínticos, habitaciones varias. Nada le falta para la escenografía del horror. Nuestro relato ya tiene su espacio, su marco implacable.
Y ahora la vemos. Ahí está nuestra pequeña…
Se podría decir que se nota muy premeditada la parquedad en las descripciones, como un manifiesto desagrado, una forzada distancia, por ello lo escueto, lo caricaturesco. El permanente cuestionamiento a la forma.
Noto un ligero abuso en esto de recalcar las reglas. Por momentos se me vuelve un poco repetitivo, cansa un poco, pero se equilibra con el avance de la historia, con el otro plano, el de la ficción dentro de la ficción.
Y aquí abandonamos a Elsa Castelli y Heriberto Ryan, y si usted me preguntara por qué, le respondería una vez más: arbitrios de la creación. En alguna parte, al fin y al cabo, he leído que una novela es una aventura subjetiva en la que un escritor narra el mundo a su manera, y que solo se le puede exigir que tenga una manera, es decir, el arte de organizar el universo en una ficción. Bien, ¿necesito decírselo?, yo la tengo.
Contando episodios con unas internadas del Reformatorio.
Se puede ver cómo lleva el lenguaje al extremo, hasta pareciera que se regodea en estas idas y vueltas que, en lugar de referirse a la historia propiamente dicha, se refieren a lo qué pasa por la cabeza del autor que se esconde detrás de este narrador tan particular.
Una se llama Carmen y es gorda. Otra se llama Rosario y es flaca. Otra se llama Judith y es alta. Otra se llama Natalia y es baja. Poco importa si Carmen es alta o baja. O si Judith es gorda o flaca. O si Rosario es alta o baja. O si Natalia es gorda o flaca. Poco importa. Son, esencialmente son, como he dicho que eran: Carmen es gorda, Rosario es flaca, Judith es alta y Natalia es baja. Todas tienen entre dieciséis y diecisiete años.
Supongamos que se sientan (¿se conjuran?) alrededor de una mesa.
Sobre la mesa hay una vela que despide una luz amarillenta y escasa.
Algunas ratas corretean por el piso. Hay enormes telarañas. Hay murciélagos. A través de un alto ventanal se filtra la también escasa luz de la luna.
Carmen, que es gorda, dice:
-Tenemos que matarla.
La parquedad narrativa me parece una de las características más manifiestas de la novela. Siempre en el plano que narra la historia de Ana
Y está en contraste con la exuberancia del discurso del narrador.
Sé lo qué está pensando. Se dice usted: prometió no narrarme la historia de Cosecharás el amor y me la está narrando. Mire, no es así. Confieso que me gusta narrar y que, por tal condición, con frecuencia me desquicio. Pero no es éste el caso. Solo le estoy narrando algunas líneas de la telenovela para que usted comprenda cómo y por qué en Cosecharás el amor se dicen ciertos textos que serán fundamentales para nuestra, nuestra, historia. Este sub-plot, en suma, es necesario.
Continúo.
Ana no tiene sosiego durante ese fin de semana.
Otro recurso que emplea repetidamente, son las notas al pie de página.
Por momentos se abren distintos caminos que el narrador/autor sugiere en sus acotaciones.
No sé si lo ha notado usted. Sea como fuere, se lo digo: he dejado de subrayar eso que, al inicio de este relato, denominé adjetivos de dudoso gusto. La razón es, para mí, contundente: no los hay. Entre el minimalismo y el folletín, se desliza mi prosa. Toda cortedad es deliberada y precisa. Todo exceso también.
Se lo pregunto otra vez: ¿usted tolera mi vanidad?
Usted, lector, ¿me aguanta?
Y sigue escribiendo, para los que lo aguantan, por supuesto.
No le miento en mi ficción. Quizá toda ella es una mentira. Pero, internamente, la lógica del universo que he construido es inflexible.
Y hay bastante más por delante, siempre con el mismo discurso y tono, el mismo clima, un excelente manejo del tiempo narrativo, se mantiene constante, no decae, se hace agradable leerla, una vez uno acepta el juego y que lo estén increpando cada tanto.
Pero aquí lo dejo, así no descubro lo que queda que es mucho más de lo que nombré, quedan dentro las nuevas historias, los demás crímenes, la razón del título, perfectamente encubierta hasta las últimas líneas.
Que hay mucho más, pero cada uno verá.
Lo que sí es cierto, es que se puede tomar como un manual, no para copiarlo y escribir igual, pero sí en el sentido de oírnos a nosotros mismos, de encontrarnos en algunos tics de este narrador, de aprender a no tener miedo de cometer errores, replanteárnoslos –aquí no sé si está bien escrito pero para justificar lo que digo lo dejo-, experimentar, tocarlos, pegarles, jugar con ellos que no son fantasmas, no muerden, no contagian, no duelen, apenas nos distraen cada tanto. Y por suerte, se espantan fácilmente.
Huy. Qué largo se hizo.

sábado, 15 de marzo de 2008

Tunc y Nunquam, de Lawrence Durrell

por Norberto Zuretti

Es ahora…, o nunca.
Y el significado de los títulos está presente en todas las situaciones que plantea el texto. Decidir. Bien. Mal. Pero decidir. Ser. Vivir. Siempre, será ahora o nunca.


Lawrence Durrell, 1912-1990, nacido en India, vivió gran parte de su vida en Inglaterra, a pesar de no ser de su gusto este país, su vida laboral dependió de trabajos diplómaticos y agregado de prensa para los ingleses.
Su obra más famosa es la tetralogía El cuarteto de Alejandría. Se trata de cuatro novelas, Justine, Balthazar, Clea y Mountolive, escritas entre 1957 y 1960. Las cuatro cuentan los mismos sucesos, desde los distintos puntos de vista de los personajes de cada título, dándole a la historia un cierto cierre temporal en la cuarta. Sus temas principales son la condición humana, el amor, el sexo y, fundamentalmente, el entorno geográfico e histórico, al que presenta como otro personaje más, sumamente relevante.


Publicó por primera vez Tunc y Nunquam entre 1968 y 1970.
La historia se refiere a un inventor, Felix Charlock, y su conflictiva relación con una multinacional –Merlín- que lo contrata. Conflictiva porque entran en juego sus disquisiciones sobre el libre albedrío, de las que no es capaz de librarse en función de la relación que establece con esta super empresa poderosa y absorbente.
La tarea de Felix consiste en suponer que algo es posible, y entonces la empresa desarrolla la idea y lo convierte en realidad, se trate de lo que se trate. Todo se le complica al casarse con la hija del dueño, una mujer a la que no puede ni siquiera decidir qué regalarle, ya que todo lo tiene.
¿Cuál es el límite para el deseo?, pareciera preguntarse a través de las páginas y de los hechos. ¿Existe la libertad, algún tipo de libertad es posible?


Tunc.
Comienza esta novela en momentos que Felix logra fugarse de la empresa.
A través de una serie de flash back nos va contando la historia desde un principio, permitiéndonos la reconstrucción cronológica de las distintas piezas.
Felix está preparando una especie de computadora –Abel- que es capaz de razonar, va cargándola de datos, todo ello a escondidas de la empresa.
Hacia el final, la empresa lo encuentra y lo atrapa.
Durante toda esta novela Felix Charlock intenta encontrarse con Julian, uno de los dos mandamases de la multinacional, pero le resulta imposible, un juego kafkiano de situaciones se lo impiden, el encuentro se vuelve imposible y recién se concreta hacia el final.


Nunquam.
Parte luego de la charla que finalmente tienen Felix y Julian.
Julian está desesperado porque ha muerto Iolanthe, una actriz –antigua prostituta amiga de Felix- que Merlín ha catapultado al éxito internacional a través de las películas en que participa. Y ha comenzado a construir un clon de ella, y le pide a Felix que utilice a Abel para darle “vida”.
Otro desafío, y Felix lo acepta. ¿Cuál es el límite para los actos del hombre? ¿Existe alguno acaso? ¿Acaso no es elástica la moral y la ética, que se van reconstruyendo, adaptando y reformulando según los avances tecnológicos? ¿La “vida” que se le da al clon, si es totalmente idéntica a la propia vida que tenía, al punto que la copia en todo, no es también una vida propia, al margen de la manipulación humana?
Y como broche, está viviendo sus últimos momentos el segundo mandamás de Merlín, Jocas, y el sucesor puede ser el mismo Felix Charlock.


Leí prácticamente todas las novelas de Lawrence Durrell, pero me impactaron mucho los cuatro libros del Cuarteto, y Tunc y Nunquam. Esta es la tercera vez que leo estas dos últimas y, de hecho para mí, lo mejor de este autor.
Reconozco que se trata de un escritor difícil de abordar. El exceso de personajes, el despliegue inusual de situaciones que siempre tienen que ver con la situación principal, la profundidad casi exagerada en las descripciones del entorno que se transforma así en otro ser viviente, la necesidad imperiosa de relecturas para ubicarse ya que sus relatores no dicen desde dónde narran, tan sólo lo hacen y el lector debe descubrir su ubicación en el tiempo y en la historia. Sus sorprendentes planteos filosóficos, el carácter casi poético que le da a la prostitución en aquella época, los personajes que rondan imposibles pero igualmente se van construyendo su propia realidad, la historia del mundo de afuera que se va colando en la de la narración.
Me resulta un artesano Lawrence Durrell, porque me produce placer descubrir cómo va armando lo que cuenta, qué importancia le otorga a cada distinto elemento, hasta aquellos que parecen los más intrascendentes, qué reales y creíbles y odiados o queridos terminan siendo sus personajes. Todo esto me atrapa al punto que leo sintiéndome parte integrante de la historia que está narrando.