sábado, 3 de noviembre de 2007

El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martínez

por Carlos

El autor (La novela de Perón, Santa Evita, La mano del amo) había comenzado una novela en la que un tipo espiaba a una mujer con un telescopio. El autor, Tomás Eloy Martínez, es un periodista y novelista argentino, que conocía al que fuera director de la Gazeta Mercantil y, posteriormente, del prestigioso diario O Estado de Sao Paulo: el periodista brasileño Antonio Marcos Pimenta Neves.

El 20 de Agosto del año 2000, ocurrió un hecho luctuoso: Pimenta Neves, que tenía 63 años mató de dos tiros a su novia, Sandra Gomide, una joven periodista de su mismo diario de la que hacía años que estaba enamorado. Esto, que parece el argumento de una telenovela, es un hecho rigurosamente cierto, histórico. En ese momento, Tomás Eloy Martínez decide que la novela que tiene empezada muy bien podría narrar la vida de Pimenta, o convertirse en un híbrido a base de las dos historias.

Así que hay un tipo que vigila a una mujer con un telescopio (capítulo uno), ese tipo resulta ser el director de un diario argentino, un hombre hecho a sí mismo, un hombre poderoso empeñado en la lucha contra la corrupción política. Ese hombre, Camargo, conoce en la redacción de su diario a una periodista joven, recién llegada al periódico, Reina Remis (capítulo dos). En el capítulo tres TEM mete en cursiva la noticia real del asesinato de Sandra Gomide. Parece una cuestión de reconocimiento de las fuentes de su novela, aunque probablemente es un intento de mostrarnos lo pequeño que es el mundo: TEM sostiene que la mayor parte de la novela ya estaba en su cabeza antes de que Pimenta matase a Gomide, con lo que Pimenta parece haber sido el actor de una gran casualidad, el anticipador del argumento del argentino. El caso es que TEM involucra al brasileño en su novela, y le convierte en amigo personal de Camargo, con lo que la novela empieza a parecer un espejo de la realidad. Y uno se pregunta cómo puede ser que los mismos hechos los protagonicen sucesivamente Pimenta y Camargo. Esta dualidad es sólo el primer ejemplo de otras muchas. Camargo tiene dos mujeres, y dos mellizas, y dos casas. Reina está obsesionada con que la Virgen María tuvo dos hijos, Jesús y Simón, que llevaron una existencia paralela. Volvemos a la ficción y el hombre que vigila a la chica (la sospecha de que fuera Camargo se desdibuja; ahora no sabemos si TEM nos está contando la historia brasileña) entra en el departamento de ella, aprovechando que la mujer está fuera. Y acaba el capítulo tres.

En el capítulo cuatro sabemos que a Camargo lo abandonó su madre de pequeño, y que la ausencia de la madre lo ha marcado para siempre. Y que su diario está investigando un negocio de contrabando de armas, llevado a cabo por el hijo del presidente de la República. Ahí comienza la fulgurante carrera de Reina y una singular manera de entender Camargo el amor, o el apego, o la posesión.

No puedo seguir contándoles capítulos porque entonces para qué van a leer ustedes el libro. Hay un montaje al estilo cinematográfico (yo creía que esto ya no se llevaba), un pasar dos veces por los mismos acontecimientos. Hay una novela plagada de tiempos verbales acentuados en la última vocal (corré, saltá, mirá… ¡qué fatiga, qué hartazgo!), un profundizar en la personalidad de Camargo, en lo que se fragua en su cerebro. Hay una hija que se está muriendo de leucemia en Estados Unidos, una agonía que cruza toda la novela, como una columna vertebral. El narrador, de vez en cuando, habla a Camargo, se dirige a él como un buen amigo que le comprende, o como un alter ego; la narración entonces pasa a una segunda persona muy convincente. La acción se vuelve previsible porque uno sabe/intuye que la historia de Camargo va a resultar un calco de la de Pimenta. Sólo queda esperar.

La novela es buena, merece la pena leerla. TEM maneja bien el lenguaje, se mete en los personajes, y se gana a pulso el Premio Alfaguara de Novela 2002: 175.000 dólares norteamericanos. ¿No será ya el momento de traducir el premio a Euros?