sábado, 3 de noviembre de 2007

El rey de los alisos, de Michel Tournier

por Carlos

Una vez intenté leer en francés "Viernes o los limbos del Pacífico", de este escritor. Aquello se convirtió en una agonía hecha de folios y diccionario, a la manera de los tiempos gloriosos de las traducciones escolares (Cum Vercingetorix nihil magis in aequum locum descenderet…) La cosa me presentó tantas espinas que pronto tiré el libro contra la pared. Era París, y yo tenía una enorme y destartalada habitación en la residencia universitaria, con cinco ventanas en cuyos cristales golpeaban las ramas de los castaños las tardes de tormenta. Tiempos.

Ahora he leído otra novela de este tipo traducida por un profesional. "El rey de los Alisos", que le mereció el Premio Goncourt de 1970. Tournier es un hombre muy relacionado con la radio y la televisión, y mimado, me parece a mí, por la crítica.

La cosa tiene 444 páginas que no sé ni cómo he leído una por una. Será porque habla del hundimiento del Tercer Reich desde dentro, y eso siempre lo hemos visto desde otra perspectiva. Sí, yo creo que no habría aguantado tanto ladrillo si no hubiera sido por el marco histórico en que se desarrolla la novela. El título corresponde a un inquietante poema de Goethe (está a disposición de los señores usuarios en muchas páginas de Internet) que ya inspiró un hermoso lied de Schubert. Pero no le hagan mucho caso, porque viene aquí traído por los pelos. Yo creo que el título le llegó a Tournier como una zarza ardiente, como una aparición sobrenatural, y le pareció tan hermoso que decidió escribir una novela con esa excusa, aunque la novela no tuviera que ver demasiado con el título. El poema de Goethe nos habla de un padre que lleva en el caballo, junto a él, a su hijo pequeño, de quien se ha encaprichado un ogro llamado El rey de los alisos. El niño le dice al padre que el ogro invisible le está acosando, y por más que el padre pica espuelas y protege en su regazo al crío, no puede impedir que éste llegue muerto a la casa.

En la novela de Tournier hay un ogro (el protagonista), pero es un ogro de plastilina. Es un tipo que estudió interno en el colegio San Cristóbal (memoricen la imagen de San Cristóbal y el niño en brazos), y eso, junto con la influencia de un gordinflón con cuerpo de niño y cerebro de Micronet, le convierte en un ser obsesionado de por vida con la "foria", concepto que para el protagonista corresponde al placer o la tarea de levantar a alguien en brazos. Así, con esos ingredientes, nuestro ogro es encarcelado por la violación de una niña que él no comete; liberado para que se vaya al ejército a luchar contra los alemanes; hecho prisionero por ellos; convertido por los germanos en un guardabosques al servicio de Hermann Göring y luego en el encargado de una "napola", una escuela de las Juventudes Hitlerianas", de ahí el sobrenombre de "El ogro de Kaltenborn". Como ven, el currículo de nuestro protagonista es como mínimo un poquito inverosímil. Un prisionero de guerra francés, gordo y gafotas, enviado por los gerifaltes nazis, ebrios de racismo, a secuestrar arios niños alemanotes, rubios y puros, para traerlos a la napola, un prisionero francés ocupándose de la educación y manutención de los jóvenes hitlerianos. Hum.

Ya digo, esas interminables digresiones acerca de la foria resultarían infumables si no estuvieran incrustadas en la vida cotidiana de la Prusia Oriental durante la progresiva derrota del ejército alemán. Tournier, que vivió de pequeño en la Alemania nazi, y sabe de parafernalia hitleriana, se ha documentado profusamente, lo mismo de munición y armamento utilizado por los alemanes, como de textos de canciones patrióticas o ritos nazis. Tanto se ha documentado que en ocasiones resulta agobiante la información que nos sirve.

La historia central, la vida del protagonista, me parece una de esas explotaciones que de una personalidad oscura hacen algunos escritores, presentándonos una psicología tan insólita que no tenemos manera de determinar si es ridícula o posible, porque nunca hemos visto a nadie tan raro. La historia, por otra parte, va pasando de una cosa a otra, como un viaje que va perdiendo toda relación con su origen, como si el escritor hubiera partido en descubierta y se quedase un ratito en cada escenario, sin saber realmente adónde ir a terminarlo. Esto que yo cuento como lector, en la solapa del libro se lee sin embargo así: «El celebrado autor de Medianoche de amor nos muestra aquí lo más oculto, tierno y enfermizo del ser humano, siempre en busca de significados, ritos y señales que lo guíen y rediman de su condición de ser para la muerte». Bueno, pues eso, ya saben ustedes cómo se escriben las solapas de los libros y las tonterías que casi siempre se dicen en ellas.