sábado, 3 de noviembre de 2007

Un mundo para Julius, de Bryce Echenique

por Carlos


Voy por la página 394 de Un mundo para Julius. Creo que ya no avanzo ni una más. Me harté. Ya lo había dejado a medias en una ocasión anterior. Decidí entonces retomarlo un par de años más tarde, cuando tuviera otro humor, es decir, ahora.


Me pregunto cuántas miles de veces a lo largo de la novela ha escrito Bryce la palabra mechón, la palabra linda, la palabra Susan, la palabra varonil. Las solapas dicen (ay las solapas: ¡siempre dicen!) que es una novela polifónica, que construye una subjetividad activa, que si la denuncia de la ideología de la clase burguesa, que si el retrato de la clase dominante. Y el propio Bryce dice que es «una especie de costumbrismo de lo inacostumbrado y que éste, en especial, sería además un realismo humorístico-nervioso-hipersensible-contrasto-cosmopolítico-cultural». Yo voy leyendo hojas y hojas y siempre pasa lo mismo, exactamente lo mismo: que la linda Susan anda de cóctel y que el varonil Juan Lucas no deja de ser la hostia. Y el niño: que si los pies separados, que si las orejotas. Y cincuenta. Y cien. Y ciento cincuenta. Y doscientas. Y doscientas cincuenta. Y trescientas. Y trescientas cincuenta. Y cuatrocientas páginas. Y sigue.

Fue la primera novela de Bryce. Ahí le tomó gusto al vacile, a marear la perdiz con las mismas ideas, expuestas de la misma manera, con las mismas palabras. ¿Se divierte? ¿Y no piensa que el lector tiene un tiempo limitado, una salud que cuidar? Las novelas posteriores, las de Martín Romaña y Felipe Carrillo, las de París etcétera, son igual de insistentes, de verbosas, pero tienen una ventaja de oro sobre ésta: son más cortas. Echo de menos el Bryce cuentista, el de Huerto cerrado y Guía triste de París.